La psicología tiene sus misterios, y no es fácil ver así, de golpe, la influencia que en nuestro espíritu ejercen las formas exteriores que habitualmente nos rodean y nos moldean, sin que nos demos cuenta de su sorda labor. Nuestro orgullo nos hace creer que estamos sólo sometidos al influjo de los objetos en que voluntariamente fijamos nuestra atención; pero acaso sea más enérgico el influjo de lo inperceptible y de lo despreciable. Un hombre que habita en una ciudad desigual, con calles quebradas, con jardines semisalvajes, circundado por la belleza natural que la tierra da de balde, es un hombre apto (si se decide a trabajar, justo es decirlo) para la creación de obras originales; por lo menos es un hombre llano, natural, sin artificio; ese mismo hombre habita otra ciudad muy bien entarugada, alineada, arrecifada, barrida y fregada, e insensiblemente comienza a perder los rasgos más salientes de su personalidad, comienza él también a alinearse, a recortarse, a pelarse, a afeitarse y a engomarse, en una palabra, a estropearse por fuera y por dentro, y quizás al encontrar a un amigo en la calle no sepa ya saludarle familiarmente, sino haciendo varios movimientos mecánicos, y ofreciendo en vez de toda la mano, como antes se hacía, el dedo índice, que parece apuntar como cañón de revolver. Estas y otras bellezas nos trae el progreso mal entendido y nos las trae por nuestra ignorancia, porque no vemos el enlace que las cosas, entre sí, a la callada, mantienen.
Ángel Ganivet, CARTAS FINLANDESAS-HOMBRES DEL NORTE, 1896/97/98
Subscribe to:
Posts (Atom)


