Si tosía, -todos tosían-; si pesaba poco, -había infinitos que pesaban menos que él-. Y, desde luego, no le faltaba razón. Sus síntomas -los hechos vulgares que mi recelo convertía en síntomas- eran tan corrientes que para cualquier ser normal no hubiesen ofrecido motivo de alarma. Pero yo -empezaba a empaparme de ello- no era un ser normal. No. No era como los demás que me rodeaban. Profundizaba más sobre las cosas y me martirizaba con posibles penas venideras, frecuentementes sin razón alguna. (Pensaba que las estaciones del año se desubstanciarían de amargarse, como yo, previniendo la duración efímera de los accidentes que las individualizarian. La primavera dejaría de ser primavera, cuna de FLORES y estrellas, de atormentarse con la idea de que fatalmente en invierno habría de nevar.)
Comprendía que todo esto era una insensatez, que mi vida cimentada tan poco sólidamente, se deslizaría de seguir así por la cuerda floja del presagio nefasto y, en consecuencia lógica, del abatimiento. Pero a pesar de todo, no me consideraba con fuerzas para remontar este influjo pesimista. Me constaba que era un error, una realidad desorbitada, pero me atraía el vértigo de este error, aun a sabiendas de que era tal error, como seducen las fauces abiertas de un abismo aun a consciencia de que abajo se esconde la MUERTE.
La sombra del ciprés (como la de la modernidad) es alargada, Miguel Delibes.
Destinados estamos a decapitar nuestro cuerpo aún entre estas sábanas de hilos gordos, sayos elegantes y opacos con los que nos vistieron al amanecer desnudos. Y digo elegantes por aquél orden al que, sin permiso, nos someten desde el primer día; camisas holgadas y de cuellos altos, tintadas por otros y dictadas bajo los silencios más cándidos. Tapados y perfumados de olores hipócritas para olvidar nuestra propia muerte, ¡para ocultar nuestro propio cuerpo!
Destinados estamos a decapitar nuestro cuerpo bajo elegancias de otros. "¡sencillez!" dijeron bajo el orden, encaminándonos al olvido de la misma existencia y destrozando nuestra alma con tapujos a cada movimiento o cada sexo. Frustrados encuentros íntimos al reconocer una verdad que no para todos es la misma, generalidad de gustos y elegancias de otros que no creyeron en lo implícito que traen las personas bajo su cuerpo.
"¡la elegancia no es vuestra!, ¡y menos la muerte!", las camisas holgadas son translúcidas al reconocer en ellas otra verdad, esa verdad que no para todos es la misma. Realidades más muertas o más vivas se dan en fríos y cálidos espacios asimétricos, portes de piel y pelos largos arrugados en segundos consecutivos que dan placer al contemplar que ésa es la elegancia, la que predeterminó mi naturaleza, pero bajo ningún orden ni ninguna muerte oculta; "¡yo estoy vivo, muerto y elegante!".
imagen y sonido disconexo, permanent vacation de Jim Jarmusch
Teresa acaricia constantemente la cabeza de Karenin, que descansa tranquilamente sobre sus rodillas. Para sus adentros dice aproximadamente esto: no tiene nungún mérito portarse bien con otra persona. Teresa tiene que ser amable con los demás aldeanos porque de otro modo no podría vivir en la aldea. Y hasta con Tomás tiene que comportarse amorosamente, porque a Tomás lo necesita. Nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existente entre ellos y nosotros.
La verdadera bondad del hombre sólo puede manifestarse con absoluta limpieza y libertad en ralación con quien no representa fuerza alguna. La verdadera prueba de la moralidad de la humanidad, la más honda (situada a tal profundidad que escapa a nuestra percepción), radica en su relación con aquellos que están a su merced: los animales. Y aquí fue donde se produjo la debacle fundamental del hombre, tan fundamental que de ella se derivan todas las demás.
Una de las terneras se acercó a Teresa, se detuvo y la miró largamente con sus grandes ojos castaños. Teresa la conocía. Le llamaba Marqueta. Le habría gustado poner nombre a todas sus terneras, pero no podía. Eran demasiadas. Antes, y seguro que hasta hace cuarenta años, todas las vacas de este pueblo tenían nombre. (Y dado que el nombre es el signo del alma, puedo afirmar que la tenían, a pesar de Descartes.) Pero luego se hizo cargo del pueblo una gran fábrica cooperativa y las vacas pasaron a llevar su vida en dos metros cuadrados, en el establo. Desde entonces no tienen nombres y se han vuelto machine animatae. El mundo le ha dado la razón a Descartes.
Sigo teniendo ante mis ojos a Teresa, sentada en un tocón, acariciando la cabeza de Karenin y pensando en la debacle de la humanidad. En ese momento recuerdo otra imagen: Nietzsche sale de su hotel en Turín. Ve frente a él un caballo y al cochero que lo castiga con el látigo. Nietzsche va hacia el caballo y, ante los ojos del cochero, se abraza a su cuello y llora.
Esto sucedió en 1889, cuando Nietzsche se había alejado ya de la gente. Dicho de otro modo: fue precisamente entonces cuando apareció su enfermedad mental. Pero precisamente por eso me parece que su gesto tiene un sentido más amplio. Nietzsche fue a pedirle disculpas al caballo por Descartes. Su locula (es decir, su ruptura con la humanidad)empieza en el momento en que llora por el caballo.
Y ése es el Nitzsche al que yo quiero, igual que quiero a Teresa, sobre cuyas rodillas descansa la cabeza de un perro mortalmente enfermo. Los veo a los dos juntos: ambos se apartan de la carretera por la que la humanidad, ´dueña y señora de la naturaleza´, marcha hacia delante.
La insoportable levedad del ser, MILAN KUNDERA.
¡comprar kools en Paris fué un momento muy hipster!
DO RE MI FA SOL LA SI DO MANO DERECHA CLAVE DE SOL