Si tosía, -todos tosían-; si pesaba poco, -había infinitos que pesaban menos que él-. Y, desde luego, no le faltaba razón. Sus síntomas -los hechos vulgares que mi recelo convertía en síntomas- eran tan corrientes que para cualquier ser normal no hubiesen ofrecido motivo de alarma. Pero yo -empezaba a empaparme de ello- no era un ser normal. No. No era como los demás que me rodeaban. Profundizaba más sobre las cosas y me martirizaba con posibles penas venideras, frecuentementes sin razón alguna. (Pensaba que las estaciones del año se desubstanciarían de amargarse, como yo, previniendo la duración efímera de los accidentes que las individualizarian. La primavera dejaría de ser primavera, cuna de FLORES y estrellas, de atormentarse con la idea de que fatalmente en invierno habría de nevar.)
Comprendía que todo esto era una insensatez, que mi vida cimentada tan poco sólidamente, se deslizaría de seguir así por la cuerda floja del presagio nefasto y, en consecuencia lógica, del abatimiento. Pero a pesar de todo, no me consideraba con fuerzas para remontar este influjo pesimista. Me constaba que era un error, una realidad desorbitada, pero me atraía el vértigo de este error, aun a sabiendas de que era tal error, como seducen las fauces abiertas de un abismo aun a consciencia de que abajo se esconde la MUERTE.
La sombra del ciprés (como la de la modernidad) es alargada, Miguel Delibes.