Destinados estamos a decapitar nuestro cuerpo aún entre estas sábanas de hilos gordos, sayos elegantes y opacos con los que nos vistieron al amanecer desnudos. Y digo elegantes por aquél orden al que, sin permiso, nos someten desde el primer día; camisas holgadas y de cuellos altos, tintadas por otros y dictadas bajo los silencios más cándidos. Tapados y perfumados de olores hipócritas para olvidar nuestra propia muerte, ¡para ocultar nuestro propio cuerpo!
Destinados estamos a decapitar nuestro cuerpo bajo elegancias de otros. "¡sencillez!" dijeron bajo el orden, encaminándonos al olvido de la misma existencia y destrozando nuestra alma con tapujos a cada movimiento o cada sexo. Frustrados encuentros íntimos al reconocer una verdad que no para todos es la misma, generalidad de gustos y elegancias de otros que no creyeron en lo implícito que traen las personas bajo su cuerpo.
"¡la elegancia no es vuestra!, ¡y menos la muerte!", las camisas holgadas son translúcidas al reconocer en ellas otra verdad, esa verdad que no para todos es la misma. Realidades más muertas o más vivas se dan en fríos y cálidos espacios asimétricos, portes de piel y pelos largos arrugados en segundos consecutivos que dan placer al contemplar que ésa es la elegancia, la que predeterminó mi naturaleza, pero bajo ningún orden ni ninguna muerte oculta; "¡yo estoy vivo, muerto y elegante!".