Cristina Peri Rossi, -Solitario de amor-
solo y desnudo en el catre.
No obstante la desnudez tiene algo de ascética, de impermeable: como la de los ídolos asirios. Es este desnudo limpio, sin residuos nocturnos, sin adherencias. Como si siempre estuviera recién salido del baño. Entonces las palabras, las viejas palabras de toda la vida, aparecen, súbitamente, ellas también desnudas, frescas, resplandecientes, crudas, con toda su potencia, con todo su peso, desprendidas del uso, en toda su pureza, como si se huebieran bañado en una fuente primigenia. Como si hubiera parido entre los dientes, y una vez rota la tela de los labios -bolsa prenatal- estallaran, rojas, imberbes, iguales a sí mismas. El lenguaje convencional estalla, bosque desfoliado, nazco entre las sábanas y conmigo nacen otras palabras, otros sonidos, muerte y resurrección. No amo su piel, sino su epidermis: la balnca membrana que cubre sus brazos, sus extremidades, su cabello, su nuca, su pie, sus brazos, su codo, su fémur, sus axilas y sus falanges. Cobro una lucidez repentina acerca del lenguaje. Como si las palabras surgieran de una oculta caverna, arrancadass con pico y martillo, separadas de las otras, duras gemas cuya belleza hay que descubrir bajo la pátina de sarro y ganga. No amo sus olores, amo sus secreciones: el sudor escaso y salado que asoma entre ambos senos; la saliva densa que se instala en sus comisuras, como un pozo de espuma; la sinuosa bilis que vomita cuando está cansado; su oxidada sangre con la que dibujo signos cretenses sobre su espalda; el humor transparente de su nariz; la espléndida y sonora orina de caballo que cae como casacada de sus largas y anchas piernas abiertas.
-Hemos recuperado el espacio de lo sagrado, volvemos a tener la capacidad de bautizar-
Voy poniendo nombres a las partes de su físico, soy el primer hombre, asombrado y azorado, balbuceante, babeante, babélico, y en medio de la confusión de mi nacimiento. Inmerso en el misterio, murmuro sonidos viscerales que (re)conocer. Palpo su cuerpo, imagen del mundo, y bautizo los órganos; emocionado, saco palabras como piedras arcaicas y las instalo en sus partes, como eslabones de mi ignorancia.
El lenguaje debió nacer así, de la emoción, no de la razón.