Una proliferación incesante de artistas acabaría con el arte. Provocaría su descrédito. Algo misterioso, escurridizo, singular y casi inalcanzable por definición no es ni democrático ni políticamente correcto: no está al alcance de todos. Tampoco está al alcance de cualquiera ser un buen artesano, atento, experimentado y fino. Pero una formación manual acerca esa posibilidad y, al contrario de una lluvia de artistas, una proliferación incesante de buenos artesanos no solo no acabaría con la artesanía. Todo lo contrario: crearía un mundo mejor.

El trabajo artesano implica, por definición, la mano del hombre, el cuidado de una persona. Esa mano y esos ojos son claves para la calidad de la vida cotidiana. Los trabajos de los artesanos —sean estos obreros, herreros, carpinteros o arquitectos— no figurarán en las portadas de las revistas que buscan edificios espectaculares como fuegos de artificio. Sin embargo, conocedoras de la responsabilidad de cuidar y tratar de mejorar las tradiciones, esas obras ofrecen continuidad con la vida frente a la interrupción que exigen las burbujas.
                                   para El País.